Un problema como una montaña

“¡Viajeros al autobús!”, avisa el conductor en la estación de San Lorenzo de El Escorial. Quedan cinco minutos para que su vehículo arranque hacia el valle de Cuelgamuros. Dos jóvenes llegan apresurados. “¿Este lleva al Valle de los Caídos?”, pregunta uno de ellos. Compran sus billetes (11,20 euros, entrada incluida; el acceso al monumento cuesta 9 euros) y suben. Exceptuando los dos asientos de estos chavales, el bus, de 59 plazas, está vacío. “Vinimos a ver El Escorial] y, como está al lado, decidimos acercarnos”, cuenta Rosendo Hernández, estudiante de 25 años. No sabía que en 2015 se cumplen 75 años del comienzo de la faraónica obra en plena serranía madrileña. Tampoco que se tardó casi dos décadas en acabarla o que en ella trabajaron miles de presos republicanos. “Me parece todo muy interesante; me gustaría saber más”, dice. El Valle de los Caídos interesa: el año pasado —la curiosidad, la Historia o el morbo— atrajo a 240.837 personas; un 7,22% menos que el anterior. Y como a Rosendo Hernández, a muchos visitantes les gustaría saber más.

Un par de solitarios coches aparcados reciben en el parking al autobús. “Impresionante”, exclama Hernández al bajar del vehículo. Se trata del único servicio público, operado por la empresa local Autocares Herranz, que conecta, una vez al día el controvertido monumento con el pueblo. Un servicio que, los últimos años, no ha dejado de perder viajeros: de los 13.638 de 2012 ha pasado a 11.638 del año pasado.

“Lo primero que quiere ver un muchacho al llegar a Madrid es el Estadio Santiago Bernabéu”, dice, sin un ápice de ironía, Ángel de la Torre. Conoce el Valle de los Caídos desde sus orígenes. “Canté para Franco”, apunta este párroco de 80 años. El monumento comenzó a construirse en 1940, un año después del final de la Guerra Civil, y “dos días antes de la inauguración, una procesión, cargada de galones falangistas, acompañó los restos de José Antonio Primo de Rivera desde El Escorial hasta la basílica”, relata el padre Ángel. Con Primo de Rivera instalado a los pies del altar, el dictador inauguró el complejo el 1 de abril de 1959 mientras un jovencísimo padre Ángel estaba en el coro. “Nuestra victoria no fue una victoria parcial, sino una victoria total y para todos. No se administró a favor de un grupo ni de una clase, sino en el de toda la Nación”, dijo Franco. Han pasado 75 años desde el comienzo de la construcción y parece que la Nación no termina de ponerse de acuerdo con respecto al Valle. “Es una patata caliente para el Gobierno”, dicePablo Linares, presidente de la Asociación en Defensa del Valle de los Caídos. “Sea del color que sea”, matiza.

Una veintena de personas salpica la enorme explanada que se abre frente a la puerta de la basílica. “Todavía no hemos entrado”, cuenta Paloma Martín, madrileña de 54 años. Había visitado el complejo hace años, “de joven”, pero no había vuelto. “Tiene algo amenazante y oscuro”, dice mirando con desconfianza la puerta que penetra en la montaña. Antes de cruzarla, alza la vista hacia la Piedad que la corona. Hace unos años, un brazo de esa escultura se precipitó al vacío rozando a una turista. Poco después, en diciembre de 2009, el recinto fue cerrado por peligro de lapidación. Gobernaba Zapatero (PSOE); hubo polémica. El 1 de junio de 2012 el Gobierno reabrió el monumento con Rajoy (PP) como presidente. Hubo polémica. “Difícil”, calificó la vicepresidenta Saénz de Santamaría cualquier decisión que afectase al Valle.

Los primeros seis meses después de la reapertura acudieron 179.554 visitantes; en 2013 fueron 259.591 y el año pasado, 240.837 (un 7,22% menos), según datos de Patrimonio Nacional. A pesar del descenso, en 2014 el Valle se posicionó como el cuarto sitio más visitado de los enclaves que gestiona la entidad, por detrás del Palacio Real (1.176.243), Real sitio de El Escorial (466.909) y Real Sitio de Aranjuez (270.682). “Realizamos una excursión combinada a El Escorial y al Valle, que cancelamos durante el tiempo que estuvo cerrado”, cuenta Pedro de la Cerda, responsable de la oficina de excursiones de Madrid de Juliá Tours, uno de los touroperadores que ofrece guiados por el Valle. “Tras la apertura, ha habido un repunte de la venta de tickets”, asegura. “Aparte del morbo que pueda suscitar, el turista se mueve por el precio y este recorrido ofrece una especie de 2×1”, agrega. Durante el paseo, un guía explica el contexto histórico del Valle y después deja tiempo libre para que la gente disfrute del entorno: 1.340 hectáreas de naturaleza donde habitan corzos, zorros o aguiluchos. Algo más de una hora. No existe un recorrido que analice a fondo del complejo. “Nunca nos hemos planteado realizar esta visita sola; es un apoyo al recorrido por el monasterio”, agrega De la Cerda.

El contraste entre el soleado exterior y la oscuridad de la basílica ciega al visitante. Cuando la pupila se adapta, lo primero que se atisba es un arco de seguridad. “No sé si me apetecía mucho entrar”, confiesa Paloma Martín, que acude acompañada de su marido. Sus tacones resuenan por la mastodóntica nave decorada con tapices, que por el paso del tiempo han perdido la nitidez de sus colores. Los zapatos desfilan ante seis capillas tras las cuales se ocultan los restos de más de 30.000 personas, republicanos y franquistas, caídas en la Guerra Civil. “Me provoca un poco de mal cuerpo, la verdad”, continúa Martín, que se fija en unas manchas de humedad que, junto a un amenazante ángel custodio, domina uno de los arcos. “Se ve que no lo cuidan mucho”, susurra. Patrimonio no ha variado en los últimos años la dotación económica del Valle: 340.000 euros en 2012y otros tantos en 2013 (la memoria económica del año pasado aún no está publicada). Con ese dinero se mantiene la abadía, donde residen una veintena de monjes benedictinos; la escolanía, en la que estudian 50 alumnos, de entre 9 y 14 años, y que componen el afamado coro de las denominadas voces blancas; la hospedería, donde se realizan retiros espirituales, como el protagonizado, el mayo pasado, por el Ministro de Interior Jorge Fernández Díaz; el conjunto escultórico y la abadía. “Se necesita inversión”, denuncian desde la Asociación de Defensa del Valle de los Caídos. “Pero como se trata del polémico Valle, está totalmente dejado y olvidado”.

“La basílica y la abadía pueden dejarse con seguridad en manos de la Iglesia, pero la gran plaza, con su centro de conferencias, escasamente utilizado, y el magnífico paisaje natural que lo rodean ofrecen oportunidades que España debe aprovechar”, escribe Jeremy Treglown en su reciente libro La cripta de Franco. Viaje por la memoria y la cultura del franquismo (Editorial Ariel). Con la finalidad de intentar aprovechar esas oportunidades, durante el Gobierno de Zapatero se creó la Comisión de Expertos para el Futuro del Valle de los Caídos. Pedro González Trevijano, magistrado del Tribunal Constitucional a petición del PP, compartía la presidencia con Virgilio Zapatero, exministro socialista. Carlos García de Andoin era el secretario del organismo: “Hay que impregnar el Valle de valores constitucionales para que todos los ciudadanos se pueda reconocer en él. Se necesita dinero para rehabilitarlo y comenzar un proceso de reconfiguración. En las actuales circunstancias, sin un centro de interpretación, no es un memorial de la Guerra Civil, sino un mausoleo”, cuenta.

Los sepulcros a los que se refiere esperan al final de la nave, bajo el altar mayor: las tumbas de Primo de Rivera y de Franco. Miriam Arraiga, de 33 años, las visita por primera vez. “El ambiente me genera rechazo”, cuenta. “Me gustaría que hubiese un guía o algo que explicase todo lo que significa esto”, añade. Aunque la basílica cuenta con algunos paneles informativos, ofrecen una imagen anticuada, escasa, descuidada y con leves matices revisionistas.

“Recuerdo del Valle de los Caídos”, reza una camiseta en la tienda, última parada antes de abandonar la basílica. Comparte estante con un recetario, que promete desvelar los secretos gastronómicos de las monjas, o pequeños televisores —un souvenirvintage o rancio, según a quien se pregunte— con los que se puede disfrutar de una selección de diapositivas de la zona. “Estaría bien que hubiera un museo que permitiera profundizar en la historia”, dice Rosendo Hernández en la cafetería junto al parking. Desde ahí también se ve la cruz que, con sus 150 metros de altura, preside el complejo. En su base, los cuatro evangelistas y las cuatro virtudes cardinales, que antes se visitaban gracias a un estrambótico funicular y que desde hace seis años permanece cerrado. “Este lugar se debería preservar y cuidar un poco más”, añade Hernando. Se oye un pitido. Prisa. El autobús ha vuelto para recoger a los dos viajeros que hace dos horas subieron al Valle de los Caídos.

FUENTE: EL PAIS

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