VIVENCIAS DE LA VAQUILLA

PARTE I: Los días de pedir como niño

Aún con las ascuas de “la alumbrá”[i] recogiéndose para los braseros y antes de la cabalgata de Reyes, comenzaba otra tradición jaranda, supuestamente más antigua que la propia Navidad. Pues todo empezaba esos primeros días del año en los que acudía a casa de de mi tío Pablo, el Carnicero, a por los cencerros que me guardaba de su ganado. Otros amigos hacían lo mismo con algún familiar, vecino o simplemente alguien que se los ofrecía porque realmente le honraba que sonaran durante estos días. No era difícil conseguirlos, aún en el pueblo había muchos ganaderos generosos y dispuestos que animaban a todos los niños, independientemente de la raza, cultura o condición.

A partir de Reyes, a las seis de la tarde, con el sol ya oculto tras la Almenara y la escarcha cayendo a la vez que la oscuridad de la noche, empezaban nuestros días de fiesta. Lo primero era abrigarse bien: pasamontañas, guantes, abrigo e incluso el pijama bajo los pantalones, previamente calentado al amor de la estufa de leña de mis abuelos; ya sólo quedaban los últimos detalles, el costal y el collar con los cencerros bien ceñido a la cintura. De camino a la Plaza, pasando por las Praderas Matías se asomaba Carlitos el de la María o Pepillo el del tío Ortega impacientes al escuchar esas cencerrillas, siempre para alentarte, “¡vamos judío, alegra al pueblo!”. Sus ojos brillaban medio llorosos de esa emoción contagiante pues ellos en su día fueron como tú, y tú en su día esperabas ser como ellos.

Tras la merienda de la tienda de mi tía Damiana, ya nos juntábamos más chavales y subíamos hacia “Cuatro Caminos” como les gustaba llamar a mis otros abuelos al cruce de Robledo y Navalagamella. Allí esperábamos en su muro la llegada de los demás, desde todos los lugares del pueblo. Para poder empezar a tocar había que haber pagado “el medio”[ii] con anterioridad, si no allí mismo se pagaba y, una vez pasado este peaje, de la mano de nuestros primos o amigos mayores y siempre bajo su consejo y tutela, comenzaban a enseñarnos el dicho de pedir”[iii] a los forasteros, el de toda la vida:

El día veinte de Enero espantó a la vaca el forastero y ese fue Vd

y ¿sabe dónde fue a parar?

a la huerta del Terronal,

allí destrozó tomates, lechugas, judías,…

vamos, una ruina de valor incalculable de la que debemos de hacernos cargo

Así pues: cero mata cero que pague el forastero”

Los foráneos se quedaban asombrados con la escandalera acústica y la imagen de la vaquilla sobre los hombros de uno de los mayores. Muchos conocían la tradición pues eran de pueblos vecinos y ya les habían parado hace años, otros lo desconocían por completo y les teníamos que explicar un poco más profundamente la historia y que, con lo recaudado, celebraríamos la Fiesta y la Cena[iv] el sábado anterior al 20, el día de “los mozos”, al que también invitábamos a acudir.

Después de un rato pidiendo “la voluntad” en los cruces llegaba lo bonito, lo auténtico, lo que nunca se te irá de la memoria: recorríamos todo el pueblo por sus calles, muchas aún sin asfaltar ni iluminar, incluso caminábamos entre los callejones saltando y orillando el arroyo que aún dividía el pueblo en dos vertientes. ¡Qué noches frías de cielo limpio y raso, qué estrellas y lunas más brillantes, qué sensación de sentirte parte de esa naturaleza pura al escuchar el eco atronador del sonido de los cencerros rebotando en los cerros de La Cabezuela o Roblazos y, sobre todo, que camaradería entre todos y sentimiento de unión, identidad y fraternidad de ese rebaño de minotauros!

Al cabo de las casi dos horas tocando, subíamos al Pinar, o nos arrimábamos a las Viñasfuentes a por unos haces de tomillos[v] los pequeños y algún madero grande cortado con hacha por los más mayores y acudíamos a la Cuesta del Caño o a las Praderas Matías a hacer la hoguera bien apilada para que nos permitiera secarnos ese sudor de las carreras y paseos por el pueblo sin ahumarnos demasiado. Era hora de recogerse y esperar al día siguiente para repetir la experiencia, en casa de mi tía Crispa o de la tía Isidora dónde las estufas y los braseros purificados seguían calentando con ese cisco que aún creíamos incombustible de los Quintos.

Juan F. Cabrero

NOTA: He querido realizar intencionadamente este relato con mis memorias y con mis recuerdos de gente que hoy ya no está entre nosotros pero que, gracias a este acto de folklore que sirve de expresión y reproducción de la identidad colectiva, nunca morirá pues permanece viva en nuestros recuerdos.

Como se puede ver, todo se realizaba de forma sana y semilúdica por “seguir la tradición”, por el sentimiento impregnado de tus progenitores y la memoria de tus ancestros. Lo que nunca habríamos pensado es que, a modo de juego, realmente estábamos participando en un ritual social, cultural y antropológicamente tan rico como es esta fiesta tan arcaica. Ahora que lo sabemos, por favor, mantengámoslo y animemos a los niños a correr y disfrutar por las calles del pueblo.

[i] “la alumbrá” o “lumbrá” es el nombre que popularmente se le ha dado en Fresnedillas a la hoguera de los Quintos del día 31 de Diciembre en la Plaza.

[ii] “el medio”: Cantidad simbólica qué dependiendo del valor adquisitivo de la época te permitía poder participar como judío. Era recaudado por los mayores de la Fiesta, en los 80´s osciló desde las 100 a las 300 pesetas (0.60€ 1.80€) y a mediados de los 90´s las 500 ptas (3€). Actualmente se ha perdido en los niños y se mantiene irregularmente su correspondiente en la Fiesta del 20 para pagar “las costumbres”(botella de anís, coñac y caja de bollos) por parte de los nuevos judíos.

[iii] “el dicho de pedir” también tuvo su versión modificada desde finales de los años 60 del pasado siglo:

El día veinte de Enero espantó a la vaca el forastero y ese fue Vd

y ¿sabe dónde fue a parar?

a la base espacial,

allí destrozó cables, antenas, radios, …

hasta un cohete que iba a salir no pudo por la que lió la Vaca

y ahora como estamos en Enero, con las rebajas, nos han bajado la multa a pagar,

por lo que, si es tan amable, ¿nos podría ayudar con la voluntad?”

[iv] el día 18 de Enero fue tradicionalmente el día de la fiesta mayor de los niños y de su posterior celebración de “la cena”, en la que se seguía a rajatabla el mismo protocolo que en la de los mayores. Normalmente sobraba dinero y se volvía a cenar posteriormente.

[v] Durante estas fechas es muy tradicional realizar las hogueras casi exclusivamente de tomillos como en las luminarias de San Antón en “San Bartolo , la quema del tomillo en San Vicente en el vecino Colmenar o en otros lugares más lejanos de la geografía española, como por ejemplo en Villaviciosa de Córdoba por el mismo San Sebastián.

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