El sueño de una noche de verano

Infinidad de veces me han preguntado qué emociones experimenté junto a mis compañeros de la Estación Espacial de la NASA en Fresnedillas de la Oliva (Madrid), en los momentos históricos de la llegada del primer hombre a la Luna, hace ahora 45 años. La respuesta puede defraudar porque no es épica ni lírica, ya que quienes participamos desde la Tierra en aquella indudable gesta no tuvimos tiempo para hacer disquisiciones filosóficas sobre la relevancia de lo que estábamos viviendo.

La noche del 20 al 21 de julio de 1969, el equipo técnico de Fresnedillas (o Madrid Apollo, como nos bautizó la NASA), integrado por más de un centenar de norteamericanos, salpimentados por una docena de españoles, sólo teníamos ojos y oídos para escrutar ávidamente los monitores de nuestros equipos. Cada uno de nosotros formábamos un indisoluble tándem con los complejos aparatos bajo nuestra responsabilidad, como si fuéramos dos entes en uno solo. Aquel era nuestro único mundo en aquellos momentos, que no era poco. La reflexión sobre la importancia de nuestra frenética labor profesional llegaba posteriormente, cuando los medios de comunicación nos regalaban los ojos y los oídos, describiendo como una notoria gesta la aportación de nuestra profesionalidad y temple de nervios. Además, por la postura de la Tierra en el momento cumbre del alunizaje, le correspondió a Fresnedillas la responsabilidad de ser el enlace absoluto del planeta Tierra con los pioneros Armstrong, Aldrin y Collins, a bordo de la nave Apolo 11.

Los últimos minutos de aproximación a la superficie lunar transcurrieron de forma desenfrenada, o así nos lo pareció. Cuando por fin la voz del comandante Neil Armstrong cruzó el espacio, diciendo: «Houston, aquí Base de la Tranquilidad. ¡El Águila ha aterrizado!», brotó de nosotros una explosión de emoción contenida durante las últimas densísimas horas. Eran las 9 y 18 minutos de la noche del sábado 20 de julio en España.

Después la Luna se ocultó por el horizonte, y pasamos el testigo a nuestros colegas norteamericanos. Los hechos históricos que vinieron después fueron sin duda el anhelado premio a nuestro trabajo, dedicación, y entusiasmo. El sueño de aquella inolvidable e irrepetible noche de verano en Fresnedillas se había hecho realidad. El hombre había hollado la Luna «en nombre de toda la Humanidad».

FUENTE: EL MUNDO

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