TODO UN PLENO

Miércoles 23 de diciembre de 2009, 9:15 de la mañana: me apresuro con la intención de acudir como vecino al pleno convocado por el alcalde del pueblo donde fijé mi residencia desde hace ya 13 años, Fresnedillas de la Oliva. En otras fechas me habría sido imposible asistir, así que aprovecho mi primer día de vacaciones para estar presente en el turno de “ruegos y preguntas”.

Tengo verdadera curiosidad por conocer los criterios que aplica el Equipo de Gobierno a la hora de asignar el uso de la Casa de Cultura a quien solicita este espacio público, ya que, como miembro de la Junta Directiva de la Asociación de Vecinos “la fresneda”, me consta la negativa del ayuntamiento, sin motivos justificados, cuando aquella se requirió con objeto de celebrar la última asamblea.

Entro en el salón de plenos, espacio aséptico de la recién estrenada Casa Consistorial. La sesión ya se ha iniciado y procuro sentarme discretamente en una de las sillas previstas para el escaso público asistente. El gran pupitre de gobierno, en forma de U, se despliega abarcando casi toda mi visión; en el centro geométrico, al control de los mandos, destaca la figura del Sr. Alcalde, D. Antonio Reguilón. A partir de este momento, el personaje de D. Antonio capta mi atención y observo las facetas de su personalidad como quien contempla, fascinado, los cambios de color de un camaleón:

  • D. Antonio, el displicente.

Con la indiferencia y altivez propia de un crupier de casino, dirige el juego en la mesa. Las partidas se suceden con el mismo y previsible resultado: ¡la Banca gana!

  • D. Antonio, el visionario.

Con los ojos fijos en el vacío y un leve temblor en la voz, manifiesta que ha tenido una visión: el próspero futuro de Fresnedillas se sustentará sobre un aparcamiento subterráneo, que será algo parecido a un cuerno de la abundancia en el que entrarán vehículos y saldrán euros a espuertas. Los incrédulos, aquellos que por su falta de fe, corta visión y demagogia sólo ven calles sin asfaltar y mal iluminadas, no alcanzarán el maná.

  • D. Antonio, el analista.

Como consecuencia de profundas y arduas reflexiones, ha deducido por sí mismo el dogma anticrisis por excelencia: Zapatero tiene la culpa. No satisfecho con esta revelación fundamental, ha prevenido al público contra la influencia de otros seres despreciables, los paniaguados, antes llamados sindicalistas.

  • D. Antonio, el paternalista.

Imparte doctrina con la seguridad del que se sabe en posesión de la verdad y ejerce la autoridad de su cargo como quien pulsa los botones de un mando de televisión. Padece una especie de alergia cuando sus procedimientos son discutidos, sobre todo cuando se pueda inferir que beneficia a sus amigos; entonces su creciente irritación se traduce en reiteradas amenazas de expulsión del pleno.

  • D. Antonio, el imparcial.

Guiado por su afán de justicia, lee una carta que el director de la Mancomunidad de Servicios Sociales había dirigido a los concejales socialistas, protestando por las críticas de éstos a su gestión. D. Antonio afirma que no entra a valorar el contenido de la carta, pero es evidente su satisfacción y regodeo mientras va pronunciando lentamente cada palabra.

  • D. Antonio, el arrepentido.

Repentinamente, mediada la sesión, se da cuenta de que ha cometido un grave error de forma: olvidó presentar al nuevo secretario de ayuntamiento. Su elevado sentido de la autocrítica le obliga a pedir perdón de forma compulsiva. El secretario le mira perplejo.

  • D. Antonio, el colérico.

Ruegos y preguntas. Una señora del público manifiesta su preocupación por los graves hechos ocurridos en la Casa de Niños, en los que su pequeña nieta se ha visto implicada. Esta vez su elevado sentido de la responsabilidad le lleva a vapulear verbalmente a la señora, acusándola de obrar con insidia y de sembrar cizaña en el pueblo. Por un momento el mundo se puso del revés.

  • D. Antonio, el ácrata.

Llegó mi turno. Pregunto si existe algún reglamento que regule el funcionamiento de la Casa de Cultura y, en su defecto, qué criterios se aplican para asignar los espacios, dado que parece existir cierta arbitrariedad. D. Antonio ofrece su lado filosófico afirmando que no puede estar todo tan reglamentado, si así fuera la vida resultaría demasiado aburrida. Me temo que quiere seguir disfrutando de su vida.

Durante el pleno la palabra demagogia fue utilizada varias veces, como arma arrojadiza, por D. Antonio. La definición del diccionario parece demasiado general. El pleno le ha permitido exponer de manera concreta su significado. Toda una lección magistral.

Manuel González Redondo

0 comments for “TODO UN PLENO

  1. Rosa Angulo
    08/01/2010 at 8:45 am

    Hola Manuel:
    Te felicito por esa pluma fina y objetiva que demuestras con este escrito. Está tan bien redactado, que es como si todos hubieramos estado en el pleno y desde luego le has encontrado al Sr.Regidor muchas facetas, aunque echo de menos la de
    D.Antonio, el mentiroso.
    Gracias por aguantar tantas horas y por traernos esta crónica.

  2. María
    11/01/2010 at 11:45 am

    Los plenos son plenos son públicos para que los vecinos puedan participar activamente en la política municipal,el Sr. Alcalde, nos veta ese derecho a la mayoría de los vecinos (por lo de la hora a la que se celebran)pero después del resumen que has compartido con nosotros, es más triste no poder estar presentes para poder aprender algo de tales clases magistrales.

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